Salta - Argentina: sábado 31 de enero 2026 11:15 hs.

El enemigo viene camuflado

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Por Gastón Espeche

Disclaimer:  Utilización de comillas en abundancia.

De entrada algo no me cerraba, y no era el cierre del pantalón, cuando me entero de que el Teatro Nacional Cervantes emblema de la cultura hispana, las buenas constumbres y la “gente bien”, financia y produce una puesta a todo trapo (beca de por medio) de una obra LGBT+ en nuestro pueblo llamada “Como espuma de corso berreta”, escrita, dirigida, realizada e interpretada por gente de acá, es decir, con profesionales del teatro nativos y/o naturalizados. El centro vino a la periferia.

El TNC se encuentra situado a la vuelta del Hotel Presidente, a una cuadra del Teatro Colón, a dos del Banco Nación, y ¡oh, sorpresa! de la Universidad Siglo XXI, y si uno cruza la Avenida Córdoba puede disfrutar de la plaza Lavalle. El TNC está alejado de lo “grasa” y lo “popular” que es la calle Corrientes, del teatro “independiente” o de “vanguardia”, y ni hablar de aquel bicharraco llamado under o underground.

Un par de líneas sobre la fábula, el cuentito, el argumento, la petit histoire, como cada uno quiera llamar, de “Como espuma…” es sobre una chica (interpretada por un hombre) que trabaja de cocinera en una casa de familia, le gusta leer a los clásicos latinos, sufre un traumatismo, una violación moral, es humillada constantemente y se suicida emulando a su personaje preferido que es Polixema, atribuida a Eurípides, aunque él solo la haya mencionado (pero suma), como también su autora Alfonsina Storni quien escribió el texto original. La escenografía, el vestuario, las luces, es superba, digna de orgullo ¡Al abrir la canilla sale agua de verdad! Como en el set de Carlito’s Way, cuando Jorge Porcel hace un comentario sobre lo bien que emularon el aire acondicionado, y el director le dice que es un aire acondicionado de verdad [1]Eurípides se entera de que su obra ha sido adaptada por una cocinerita, de Argentina, se arroja a las fauces de un pez gigante que se lo devora (Ñam).

En síntesis, el rechazo que sintió el poeta sería el mismo de un espectador o socio del TNC al cruzarse con un “travesti” o un “trolo” al salir de una función de “La dama boba” de Lope de Vega. Aunque este cruzaría de vereda o llamaría a la policía.

Pero llegó el siglo XXI, la cultura woke, lo corrección política, y la inclusión de las “minorías” y al mismo tiempo, como contraparte de esta toma de conciencia, la banalización de las luchas sociales. Hubo un tiempo en donde un tipo que se vestía de mujer significaba algo, respondía a cierta búsqueda; hubo un tiempo en que estos actos eran válidos, un Urdapilleta, un Tortonese, un Batato Barea. Pero no válidos para el canon puesto que su mirada estaba en otro lado, sino válido para la sociedad misma.

Ahora ya no tiene sentido pregronar y rasgarse las vestiduras con sloganes en los que ya todos estamos de acuerdo. Estoy en contra del asesinato a la mujer (y de todos los tipos de asesinato), de la violencia hacia las minorías, hacia las personas en estado de vulnerabilidad, estoy de acuerdo con todo lo que dijeron en la obra. Y entonces… para qué voy a pagar una entrada para que me digan lo que yo quiero escuchar. Toda rama del arte tiene que polemizar, hacerme incomodar (en el buen sentido- no shoquear), replantearme cosas, en definitiva, transformarme. Transformar al espectador.

Bien, ya que establecimos la superficialidad, la banalización total, queda pendiente la pregunta: ¿Por qué se llegó a esto? O ¿cómo se llegó a esto? Es fácil, como ya se dieron cuenta que la censura, la persecución y la tortura solamente fortalecía, enfurecía y además ratificaba la postura y la convicción de los sujetos frente a ellos mismos y la vista de todos; decidieron que la mejor forma de destruir un símbolo es reproducirlo, sacarle fotocopias, hacer imitaciones baratas para ridiculizarlo, mofarse de él, y desacreditarlo.

Para lograr esto, el enemigo agarra los mejores elementos de nuestras filas que puede agarrar (actores, actrices, técnicos, directores, etc) , los financia, les da un buen contrato, bien pago, les otorga un “prestigio”, una cocarda en su curriculums, los lleva a las salas de toda la provincia para que los espectadores bien intencionados se crean parte de algo y aplaudan a un precio accesible; y… para terminar con todo, los llevan a los establecimiento educativos de diferentes niveles para que no solo los consumidores de teatro sean partícipes de la destrucción sino que los adolescentes, jóvenes y estudiantes queden inoculados, vacunados de una vez por todas. Como hacían los ejércitos en la “Edad Media” que tras arrasar una ciudad, regaban con sal los campos para que no se pudiera sembrar nada de nuevo.

A su vez, las obras de esta índole sirven  para limpiar o lavar conciencias. El socio del TNC ya puede dormir más tranquilo puesto que ahora hay una obra sobre travestis, femicidios, gente pobre, gente del interior. Todo el pack. Mientras tanto los cementerios y cárceles se llenan de cuerpos, de imbéciles y de víctimas. Esto no es algo nuevo, ya viene gestándose de hace rato.

Es la inversión de lo bajo sobre lo alto, creer que lo “popular” tiene que ser berreta, trucho. Convalidándoce mediante la “alta literatura” de Alfonsina Storni o Eurípides. Lo popular no tiene que ser convalidado por nada ni por nadie, es el pueblo, no el gaucho ni la empanada, el pueblo que es como decían Gramsci o Pasolini, quienes están más cerca de lo simbólico. De lo sagrado como dirían los gnósticos.

Pensar que el pueblo es tonto, defectuoso, inocente es lo que nos hizo creer el enemigo. Nosotros, ciudadanos bien intencionados, repetimos esto y lo seguimos a raja tabla, contribuyendo a la confusión, al caos e inminente destrucción. En fin, el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones.

Así como los maestros vienen camuflados y aparecen cuando estamos listos; el enemigo también se camufla, se infiltra en nuestras filas para seducirnos al oído, para ofrecernos eso que deseamos. Eventualmente el enemigo cae, pero ya ha plantado su semilla.

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